Por Norma A. Hernández / CABO CORRIENTES, JALISCO.- Entre agaves y memoria, Hacienda El Divisadero no solo produce raicilla, resguarda una historia de generaciones que se sigue escribiendo a pulso, y al frente de ese legado está doña Juana Díaz Rubio, fundadora del proyecto y testigo viva de una tradición que pasó de la tierra al destilado… y de ahí al reconocimiento.
En la comunidad de Las Guásimas, en Cabo Corrientes, el tiempo parece detenerse frente a una casona de 1875 que aún se mantiene en pie. Ahí vivieron los bisabuelos de doña Juanita, Leno y Amada, quienes bautizaron el lugar como El Divisadero, inspirado en la vista privilegiada desde un cerro cercano.
La historia del rancho ha pasado de generación en generación: de sus bisabuelos a sus abuelos, Olaya y Pánfilo, y luego a sus padres, Virginia Rubio y Secundino Díaz, consolidando un vínculo profundo con la tierra.

“De aquí somos. Aquí nacimos todos. Aunque nos fuimos a Vallarta, este siempre ha sido nuestro lugar.”
Sembrar agave cuando nadie creía
El punto de quiebre llegó en el año 2000. Con 33 hectáreas disponibles y el respaldo de su esposo, don Florentino Carbajal (q.e.p.d.), decidieron apostar por el agave en una época en la que pocos creían en la raicilla como negocio.
Criada entre esa herencia, doña Juanita no solo preservó el legado familiar, sino que lo transformó.
«Como yo soy hija de comunero (comunidad de Las Guásimas) tengo derecho a las tierras aquí. Entonces, yo le dije a mi papá que quería venir a ingresar a la comunidad, porque quería hacer un ranchito. Y me dijo, ‘sí, bueno’. Entonces, pues venimos y pues ingresé. Le gustó el lugar a Tino y agarramos este terreno. Son 33 hectáreas que es donde tenemos la plantación. Y ya, en el 2000 empezamos a plantar agave. Hace 26 años», dijo doña Juana Díaz.
“La gente decía: ‘¿tú qué sabes de esto?’, pero él respondía: ‘yo voy a hacer raicilla”.
En apenas un año, sembraron cerca de 50 mil plantas.
Y así, entre viajes desde Puerto Vallarta hasta Chacala para conseguir plantas, y jornadas que comenzaban al amanecer, el proyecto tomó forma desde la convicción, no desde la certeza.

Entre el 2000 y 2006 construyeron la taberna. Ese mismo año destilaron su primer lote y nació oficialmente Raicilla Hacienda El Divisadero.
Los inicios no fueron perfectos, pero sí constantes.
“Al principio el destilado no era perfecto, pero ‘echando a perder se aprende”, expresa.
Proyecto ecoturístico
Luego, mi esposo dijo: «Hay que hacer una casita», y así fue como inició la construcción de la Hacienda El Divisadero. En el 2007 inauguramos este lugar, y luego abrimos un restaurante. Comenzamos a trabajar con las agencias y nos mandaban turistas desde Vallarta».
La hacienda creció más allá del destilado: se convirtió en un espacio ecoturístico con restaurante, recorridos a caballo y visitas a zonas con vestigios arqueológicos.

En paralelo, el proyecto también impulsó el reconocimiento de la bebida. En 2011, don Florentino presidió el Consejo Mexicano Promotor de la Raicilla, promoviendo la denominación de origen.
«Hacíamos tours a caballo, visitas a una zona arqueológica que está aquí muy cerca en la que hay un arroyo y piedras con vestigios y petroglifos, y la hacienda se convirtió en un rancho ecoturístico. Y después ya se fue integrando toda la familia. En el 2006 inauguramos Raicilla Hacienda El Divisadero. En ese tiempo no tenía mercado. No teníamos la nominación de origen. Y entonces en el 2011, Tino fue presidente del Consejo Mexicano Promotor de la Raicilla y él comenzó a promover lo de la denominación de origen».
El legado femenino
Hoy, Hacienda El Divisadero sigue activa todo el año, con un equipo de seis trabajadores y la participación constante de la familia, encabezada por su hijo, Jorge Luis Carbajal Díaz.

Y aunque ya no está al frente del rancho, ni de los restaurantes que fundaron en Puerto Vallarta desde los años 90 (Mariscos Tino’s), doña Juana Díaz también sigue siendo pieza clave en la operación de ambas empresas.
Supervisa procesos, acompaña al equipo y mantiene viva la esencia del lugar.
“Este trabajo es de las mujeres también. Aquí hay que estar al pie del cañón.”
Desde la cocción del agave hasta la fermentación, su presencia es constante, cercana, cotidiana.
Doña Juanita lo resume con sencillez, pero con la fuerza de quien ha construido algo duradero:
“Esperamos que Dios nos permita seguir aquí.”
Y mientras eso suceda, el espíritu de El Divisadero seguirá fluyendo, gota a gota, desde la tierra hasta la copa.







